Cuento de Juanico y Marijuica

Tradicional cuento popular de nuestro pueblo que se contaba a los niños pequeños para entretenerlos o para dormir hace muchos, muchos años…

Este cuento se contaba a los niños pequeños con mucho aire de misterio a los niños para que permanecieran bien atentos. Se hacía para entretenerlos o como un cuento a la hora de dormir. Puede parecer un poco tétrico para ello, pero pensad en los cuentos tradicionales como Caperucita Roja, tampoco es que sea muy dulce… A mí me lo solía contar mi vecina Mela, la Micalea del Vivo, a quien se lo había contado su vecino Cayetano allá por 1930 cuando los mayores se reunían sacando rosa y contaban tantas historias al calor de la mesa camilla. Luego, ella se lo empezó a contar a su hijo Salvador, luego a mis hermanos a mí y después a sus nietos. Espero que vosotros, igual que nosotras, también sigáis contándolo a los vuestros…

Érase una vez dos hermanicos, Juanico y Matijuica, cuyos padres habían muerto de hambre y como no podían vivir solos, se fueron a casa de sus abuelos. Pero ellos eran quizá más pobres todavía… La mayoría de los días no tenían nada que llevarse a la boca y pasaban mucha hambre. Además, aunque su abuelico era muy bueno, la abuelica era muy mala.

El abuelico se fue un día al campo y Juanico quería irse con él, pero el abuelo le dijo que no se quedara para que no le pasara nada, porque era todavía muy pequeño. Pero la abuela tenía otra idea… Mandó a Marijuica al campo a por leña para la lumbre y mientras tanto ¡mató a Juanico y lo echó al guiso!

Cuando la niña volvió la abuela se fue a comprar y le dijo a Marijuica que no tocara la olla porque se iba a quemar. Pero ella quería ayudar, fue a remover la gran olla que había en la lumbre y cuando levantó la tapa ¿sabéis lo que vio? El dedo de Juanico moviéndose. Se enroscaba y se estiraba, se enroscaba y estiraba. Marijuica estaba muy triste, ¡su abuela había guisado a su hermanico!

Cuando su abuelo llegó del campo preguntó por Juanico y su abuela dijo que unos hombres malos se lo habían llevado. ¡Marijuica no se lo podía creer!

Ese día Marijuica, aunque sus abuelos insistían y su estómago rugía, no probó ni un bocado de la comida. No podía olvidar el dedo de Juanico llamándola. Cuando sus abuelos terminaron de comer, como todos los días, ella recogió la mesa y, cuidadosamente, sin que la vieran, recogió uno por uno todos los huesecicos, los metió en un saquico.

Al terminar de fregar y de limpiar, les dijo a sus abuelos que se iba a jugar y cuando ya estuvo muy lejos de la casa, donde nadie podía verla, enterró los huesecicos de Juanico y le rezó una oración para que su hermano resucitara.

Pasó el tiempo y un día en el mercado, la abuelica vio un carro de frutas que tenía unos melones que quitaban el hipo. Cuando se acercó vio a Juanico y le dijo:
«Juanico, Juanico, ¿me das un meloncico?»
Y Juanico le contestó:
«A ti no, que me mataste».

Esa misma mañana, el abuelo, al volver del campo, pasó por el mercado y se encontró un carro que llevaba unas manzanas rojas y brillantes y al ver que era Juanico le dijo:
– «Juanico, ¿me das una manzana?» y Juanico le contestó: «A ti no, que me comiste».

Pero Marijuica estaba haciendo los madaos y al ver el carro de Juanico lo reconoció enseguida y con los ojos llenos de lágrimas se fue corriendo hacia él y le dijo:
«¡Ay, Juanico, Juanico!, ¿me das una naranjica?»
Y Juanico le contestó:
«¡Sí que tú me recogiste!»
Y le dio todo el carro lleno de frutas frescas y millones de besos. Y desde entonces, Juanico y Marijuica vivieron felices y contentos y nunca más les faltó de comer.

Y colorín, colorado, cuento rematao, por la chimenea se fue al tejao y de allí a la calle pa que no lo viera nadie.

A la Mela y a Marigorda, que tantas cosas me enseñaron cuando no sabían cómo entretenerme…

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