Permitidme que en vez de redactar la leyenda de Sebastián Cebrián Pérez, acuda a una de las personas que mejor conocen nuestra historia, costumbres y tradiciones: Bautista Pérez González, quien en agosto de 1984 ya ganó el Primer premio de prosa de la III Semana de la Convivencia con este relato sobre la vida de nuestro ilustre bandolero. Con su permiso, transcribo su relato completo…

«Nos cuenta la historia, en este caso la oral, que hace unos 150 años vivía en Abengibre una familia a la que apodaban «Los Juanacos». Esta familia, compuesta por los padres: Juan Cebrián Torres y Juana Pérez, tenía cuatro hijos, Cristóbal, Juan, Miguel y Sebastián; unos mocetones, alegres, trabajadores, que la mayoría de las veces se divertían volcando carros, rulando los poyos que había junto a las puertas de las casas y otras trastadas que exigieran fuerza.

Un día, el padre envió a dos de sus hijos, Juan y Sebastián, a vender dos pieles de aceite, con 5 arrobas cada una (unos 110 kilos) a Golosalvo; pero, aprovechando que eran las fiestas de san Jorge, los dos chavales se pusieron la ropilla más nueva que tenían y con el burrillo cargado, llegaron a la plaza de Golosalvo. Ataron el animal a una reja, descargaron las pieles de aceite y allí quedaron, mientras ellos se divertían. Después, sin vender ni una alcuza de aceite, ni de haberlo intentado, se dispusieron a regresar al pueblo, y cuál sería el asombro de las muchas personas que había en la plaza, cuando Sebastián cargó las 10 arrobas de aceite –en el burro- sin ayuda de ninguna clase, ni siquiera ayudándose del cuerpo, para no mancharse. Aquello fue motivo de admiración y comentario, no se habló de otra cosa en aquellas fiestas. La noticia corrió de pueblo en pueblo, por toda la comarca. Muchos probaron, se hicieron apuestas, no se sabe de nadie que hiciera lo que Sebastián de Abengibre.

Pero lo curioso y digno de contar fue que estando en Albacete, se acercó a un grupo de hombres que estaban tirando a la bola. Uno de aquel grupo se vanagloriaba de lo lejos que lanzaba y desafiaba a los presentes sin obtener respuesta. La bola, con un peso de 36 libras (16’56 kilos), había quedado a unos metros de distancia del grupo. Salió Sebastián en dirección a la bola, la cogió y dijo en voz alta: «Quietos todos», al tiempo que lanzó la bola por encima del grupo de hombres a una distancia triple al que anteriormente se jactaba de su fuerza. El grupo quedó mudo por el miedo, por ver cómo la bola había pasado por encima de sus cabezas y, sobre todo, por la distancia conseguida. Cuando el hecho se contaba en las tabernas y posadas, nadie lo creía, pero fue bien cierto.

Y, volviendo al hilo de la historia de Sebastián de Juanaco… En aquel tiempo, el comercio lo tenían los arrieros de nuestro pueblo en la ruta de Algeciras. Llevaban a vender o a porte los más variados productos: aceite, azafrán, hierro, carbón, papel, de todo. Con sus recuas de burros, solos bajo el cielo, andando siempre, de día y de noche, durmiendo poco, estando siempre alerta de ladrones y bandoleros, con el miedo de ver aparecer en algún recodo del camino, en aquellos parajes de Sierra Morena, a José María El Tempranillo, Los Niños de Écija, El Bizo o El Vivillo. Aquellos hombres, antepasados nuestros, se ganaban la vida a fuerza de exponerla.

En uno de aquellos viajes, Juan –el hermano de Sebastián- paró en una venta de Bujalance (Córdoba) donde el dueño y algunas personas de la venta, al ver el dinero que llevaba, le salieron al camino y en la emboscada le robaron y le dejaron herido de un brazo.

El hermano de Sebastián murió a consecuencia de la herida y fue entonces cuando Sebastián de Juanaco vendió su recua de burros, compró un caballo y marchó a la venta en que estuvo su hermano; hizo que los culpables le acompañaran al lugar del atraco y allí mismo los mató. Por aquellas muertes se vio obligado a huir de la justicia, refugiándose en los Montes de Toledo y formando parte de la cuadrilla del bandolero «Tres Juncos». Se cuenta que una de las veces, estando estos bandoleros preparados para comer y discutiendo unos con otros sobre dónde sentarse, Sebastián de Juanaco dijo al tiempo que se sentaba encima de uno de aquellos hombres: «Ya tengo silla», aguantando el malhechor, ante la osadía de Sebastián, durante toda la comida. Vistas de los Montes de Toledo

Y, conforme iba pasando el tiempo, el nombre de Sebastián de Juanaco se fue haciendo cada vez más famoso; unas veces, por sus atracos a diligencias; otras, por su generosidad a favor de los débiles. En una ocasión, con la partida de «Tres Juncos» asaltaron una diligencia y, después de que el jefe de la banda robara las joyas de las mujeres que en ella viajaban, Sebastián, haciendo frente a todos los de su cuadrilla, hizo que se les devolvieran las joyas a las mujeres diciendo: «Sebastián de Abengibre nunca roba a mujeres».

Esta generosidad aumentó su popularidad, ya de por sí amplia, moviéndose en una ilegalidad que excluía la violencia física y los delitos de sangre, como lo demostró en la venganza de su hermano, perdonando la vida a un chaval, con el riesgo de que lo matara, diciéndole: «Muchacho, ve que te recríen, tú no hiciste nada».

Hubo en aquellos años ladrones y cuadrillas de bandoleros que se aprovecharon de su nombre para cometer fechorías; como en «Casa de Lanza» de Utiel, en que uno de Fuentealbilla, junto con la cuadrilla de Mariano de Abengibre, robaron diciendo que era Sebastián de Abengibre y su banda. A los pocos días, fue reclamado por la guardia civil a la plaza de Casas Ibáñez para ser reconocido por los señores que habían sido robados; dichas personas describieron a los ladrones y sin mediar palabra más, Sebastián marchó en su caballo a Fuentealbilla, dirigiéndose a un grupo de hombres que había en la plaza. Uno de ellos se le acercó diciéndole: «Hombre Sebastián, ¿de dónde vienes?» –a lo que él contestándole secamente: «De responder de un robo que hiciste, con mi nombre, en la casa de Lanza de Utiel». El malhechor confesó el robo.

Por no haber hecho demasiadas cosas graves, y seguramente con la ayuda de Don Rafael Monares Cebrián, hijo de este pueblo y Ministro de Gracia y Justicia en 1864, fue indultado por segunda vez, regresando a nuestro pueblo y contrayendo matrimonio con Ana Abellán, manteniéndose cierto tiempo apartado del bandolerismo y viviendo como un arriero más.

Pero las circunstancias y el destino jugaron demasiado con aquel muchacho que se hizo hombre antes de tiempo y que tuvo en sus manos la fuerza de sus antepasados picapedreros. Entre una familia de Jorquera y otra de aquí, lo involucraron en la muerte de un secretario del ayuntamiento; por lo que se vio nuevamente perseguido por la justicia, siendo capturado y condenado a muerte. Y, nos cuenta el recuerdo de padres a hijos, que hubo cierta persona influyente de Jorquera que le fue al Gobernador de Albacete con el cuento de que Sebastián de Juanaco había ido a prisión y que cuando saliera le iba a cortar al Señor Gobernador –por tenerlo encarcelado sin culpa- «sus tales y sus cuales». Bien que ésto influyera en el ánimo del gobernante o bien que el expediente de indulto se retrasara por ciertos motivos no aclarados suficientemente, la realidad fue que el perdón llegó cuando Sebastián ya había sido fusilado. Contaba sólo 33 años de edad.

Y así, con el paso de los años y como base esta historia oral, se ha venido tejiendo una aureola en torno a la figura de Sebastián de Juanaco, como modelo de hombre fuerte y valiente que a todos nos han relatado cuando éramos niños en forma de cuento. Por ello, el hecho de bajar Sebastián con un caballo por la Fuente del Palero, con el precipicio tan grande que hay, o el luchar con el demonio, al que le cortó la oreja, quedará para los niños como una realidad más y, para los mayores, será parte de una leyenda mezclada con la historia, porque sólo Dios sabe cómo fue en realidad Sebastián de Abengibre.»

Autor: Bautista Pérez González

Si quieres conocer más información sobre Sebastián, te recomiendo consultar esta noticia que publiqué sobre su detención:
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Para los abengibreños, la Piedra Encantá siempre ha estado rodeada de un halo de misterio y leyenda. Muchas historias han surgido en torno a ella…

Un icono para Abengibre

Para los abengibreños, la Piedra Encantá siempre ha estado rodeada de un halo de misterio y leyenda, tal vez porque siempre debe haber algo interesante en los pueblos o tal vez por la propia magia que hace que, desde que tenemos constancia, se encuentre suspendida en una pendiente con el sólo apoyo de una piedra que no mide más que una pelota.

Los quintos han intentado tirarla durante años

Siempre nos han contado que todos los hombres fuertes del pueblo han intentado tirarla, bien por el peligro que ocasionaría si alguna vez hubiera caído sobre las huertas, bien por medir la fuerza de los mozos y pasar a la historia como «el que consiguió tirar la Piedra Encantá». Hasta el propio Sebastián de Juanaco, una especie de «Sansón a la abengibreña», intentó moverla, pero nada… Por suerte, no lo han conseguido y ahí sigue, dando la bienvenida a todo aquel que llega al pueblo por la carretera de Albacete.

Pero la historia más bonita de todas es una leyenda…

Cuando el Picallo no era un bonito jardín con vistas a La Cañá, cuando las farolas no existían todavía y las sombras se adueñaban de todos los rincones del pueblo, cuando la superstición ganaba la batalla a la razón y la noche era noche, me contaron la historia de la Piedra Encantá y desde entonces…, la sigo mirando con recelo.

Cuentan que hace muchos años, en la mágica Noche de San Juan, si ibas al Picallo a las 12 de la noche, cuando todo estaba a oscuras, tú solo, sin nadie a tu alrededor y esperabas paciente, en silencio, la Piedra Encantá se abría y de ella salía una bella mujer, vestida con ropas de seda blanca, mesándose sus largos cabellos…
Pero decían que ella tenía una legra leyenda y que todo aquel que conseguía ver su rostro, pronto moriría.

A mi tía Virtudes, que pasaba tanto miedo como yo mientras me contaba estas historias

Érase una vez un pastorcillo muy joven, casi un niño, que se ganaba la vida yendo de aquí para allá con un gran rebaño de ovejas. Muchas veces, el pastor era tan pobre que tenía que alejarse mucho para dar de comer a los animales, atravesando cañadas y caminos.

Así, el pastorcillo se veía obligado a pasar muchas noches al raso, sin más cobijo que una manta que llevaba en su burrilla, y para no sentirse tan sólo hablaba con la luna hasta que se dormía.

Se creía muy valiente por dormir siempre solo fuera de su casa y noche tras noche, subido en una roca, desafiaba a la luna: «Luna ¿por qué no bajas?», «¡Luna, a que no te atreves a bajar!», «¿Es que no me oyes?»… y así una noche y otra y otra hasta que una de las veces… la luna bajó y… ¡Aummm! ¡Se lo comió con roca y todo!

Desde entonces, podemos ver al pastorcillo en las sombras de la luna, subido en una roca, con los brazos en alto…

Desde que era muy pequeña me ha gustado mirar a la luna, siempre me ha parecido que por muchas veces que la mires, nunca es igual y siempre te deslumbra. Ahora siempre me acuerdo de mi padre, a quien voy a echar de menos siempre…